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Procesos de campo

Updated: Mar 20


Tengo fe en el progreso humano. Vivo convencido de que sí existe. Creo que la historia tiende al perfeccionamiento, que es posible el avance de la especie. Claro que todo tiene que tener su agente, nada pasa porque sí. Y en el caso de la progresión de la historia, ese agente no ha sido la joven comunidad de naciones, las vanguardias políticas o la revolución tecnológica. No, soy de la opinión de que si vivimos en un mundo más humano y más justo, es por Quentin Tarantino.

¿Han visto sus películas últimamente? Me refiero a las últimas tres o cuatro. Bueno, recientemente salió "Había una vez en Hollywood" (Once upon a time in Hollywood), como para redondear la serie. En realidad es de 2019. Digo recientemente porque no suelo ir al cine y todo me llega diferido... muy diferido.

En pocas palabras, los protagonistas de los filmes de tipos duros americanos, como ya no los hacen, logran evitar por casualidad los asesinatos Tate/LaBianca, que sacudieron a Los Angeles a fines de los 60 y lanzaron a la vida pública lo que sería un ícono cultural norteamericano de la talla de John Wayne o el índice Industrial Dow Jones. Me refiero, por supuesto, a Charles Manson. La película sigue un motivo ya habitual en Tarantino: una gran injusticia histórica se previene o se corrige. Y se hace de manera llana y brutal; porque las películas de este señor son una mezcla de porno y de evangelio (que en términos darwinianos equivalen a lo mismo).

Fue así que en 2009, el director le dio fin de manera unilateral y anticipada a la Segunda Guerra Mundial con “Inglourious Basterds”, y no solo salvó así a millones, sino que le administró la sanción debida a los culpables del holocausto. Y esas disculpas por parte de las potencias europeas a los pueblos africanos por el Comercio Atlántico de Esclavos que no acababan de llegar, llegaron de parte de Tarantino en 2012 con “Django sin cadenas”, y de nuevo en 2015 con “The hateful eight” (porque la reina Isabel puede que no se haya dignado a emitir un comunicado oficial al respecto en todos estos años, pero después de tanta sangre y lágrimas, supo delegar en el cineasta de Tennessee. (El protocolo más acertado)). Entonces, asunto resuelto. No, aguanten, todavía faltaba por zanjar la otra gran tropelía de la historia moderna: los asesinatos Tate/LaBianca.

Y eso hizo. En su última película, truculencia aquí, truculencia allá, los buenos terminan matando con sadismo refractario a los asesinos enviados por Manson, Sharon Tate tiene a su hijo, Polanski nunca viola a esa niña, y se establecen las bases para la arquitectura neoliberal que traería la felicidad monolítica en la que todos (TO-DOS) vivimos ahora so pena de escarnio. ¡¡Qué película!!

Sin embargo, después de verla, me pasé varios días con una canción entre dientes. ¿Cuál era el título? "Campos magnéticos", "Procesos de campo" o algo así. ¿Cómo era? ¿Era una onda científica de esa banda rara, IAMX? La cosa es que, junto con la canción, me persiguió por un buen tiempo la pregunta de por qué era aquella película la que había activado ese flashback musical (el tema lo había oído hacía muchos años).

En fin, es curioso. Este hombre (Quentin) tiene toda una industria a su disposición para escenificar sus fantasías y ¿es esto lo que filma? ¿A esto se limita el alcance de sus sueños, a salvar a la humanidad? No, lo digo porque las mías tienen otros vuelos, son más ambiciosas; giran alrededor de rubias esculturales untadas en aceite, que realizan intrincados actos carnales, mientras al mismo tiempo encuentran maneras infalibles de completar formularios de impuestos para eximirme de la contribución al fisco. Pero, en serio, el problema es que la disposición artística de Tarantino dice mucho de la sociedad en que vive y de la izquierda americana que, afrontémoslo, es la fuerza política que va a regir el futuro de este país y, por lo tanto, el del planeta.

Para empezar, la izquierda estadounidense evolucionó en un sentido muy diferente al de las otras izquierdas. Desde los tiempos de los Wobblies. No solo eso, terminó asimilándose a la estructura política del país y eso redundó en ciertas características peculiares. Noto, por ejemplo, que Quentin hoy en día castiga en sus filmes a los esclavistas, castiga a los nazis, castiga a los hippies que se desviaron del sendero, etc. Quentin (y la izquierda norteamericana) es ahora una instancia de castigo. Parte de eso es lo que se ha dado en llamar recientemente "corrección política". El director ya no es el genio de "Perros de la calle" o "Pulp fiction". Se especializó en sí mismo. Se convirtió en una instancia que resuena en simetría perfecta con esas fuerzas sociales de su país, desordenadas, telúricas, genuinas y, sobre todo, peligrosas. Las que estuvieron a punto de hacer una revolución, pero poco a poco se fueron identificando con su enemigo y, para ganarle, terminaron integrándose a sus filas. Estados Unidos sigue siendo un sistema bipartidista. Los problemas sociales de Estados Unidos siguen siendo, más o menos, los mismos de hace 50 años (y hay muchos nuevos). Continúan el mismo sistema y los mismos problemas. ¿Entonces? Tuvo que haber un vaciamiento del progresismo norteamericano para que el país pudiera seguir existiendo. O sea, alguien tenía que ceder. Cedió la izquierda. Lo hizo creyendo erróneamente que cuando se negocia con Belcebú, uno lo cambia a él y no viceversa.

Por lo tanto, el contrato social hoy en día en Norteamérica es "más forma que fondo". O mejor aun, cualquier forma es tolerada siempre y aun cuando no haya fondo. Eso en términos políticos es fatal. Y la desmoralización resultante constituye el estanque en el que viven y se reproducen hoy los demócratas en Washington; en el que vive el nuevo activismo boutique de redes sociales. Es el estanque del que un día de 2009 emergió ese Tarantino anfibio que conocemos hoy.

En el futuro, la izquierda norteamericana (los demócratas) gobernará sin gobernar; será más bien, una instancia psicopolítica. Mientras tanto, la administración del Estado marchará por su propia inercia, como suele ocurrir en las sociedades desarrolladas cuando se quitan del medio los discursos rimbombantes y las inmolaciones partidistas. Por cierto, marchará, pero también seguirá degradándose en el proceso. Estando desmoralizada como entidad política, la nueva izquierda ejercerá su influencia a través de la cultura. Y ahí entran a escena los Tarantinos con sus fabulaciones de venganza y, en el lado más conservador del espectro, los Spielbergs con sus épicas en Normandía (dicho sea de paso, no hay que olvidar que los que derrotaron a los nazis fueron los rusos, no los norteamericanos/británicos. El 75% de las bajas alemanas en la Segunda Guerra ocurrieron en el frente oriental), y todos los demás de la maquinaria de Hollywood, la televisión y, ahora, internet.

Pero hasta los superegos culturales necesitan autoridad moral. Lo que quiero decir es que salvar al mundo, incluso si se tienen los medios para hacerlo, requiere también de cierta tracción moral a los ojos del resto (algunos no queremos ser salvados). ¡EL CAMPO UNIFICADO, ASI SE LLAMABA LA CANCION!¿Dónde estaba yo cuando la escuché? Fue hace siglos. Bueno, volviendo a Quentin, los temas que escoge para sus cruzadas fílmicas son sospechosos. Son temas fáciles, altamente instrumentalizados. No hay nada más trillado (y potable) que el holocausto. Y tratar el tema de los afroamericanos es válido y necesario, sobre todo en este país, pero da la impresión de que no hay otros grupos humanos que son avasallados como sistema aquí y en el mundo: el lapso de atención del público es muy limitado, sobre todo en la era de la información, y cada atropello, cada denuncia, se mediatiza en Estados Unidos, tiende a sugerir por el tono que no hay muchos otros más simultáneos, olvidados, menos glamorosos. Y ahí está el kid del asunto. Tarantino escoge: ese es su pecado.




Es por eso, no por sus personajes caricaturales y su efectismo barato, que no se le puede tomar en serio. Y lo que es más importante: al escoger imita las funciones de su propio Estado (ese que es siempre un reflejo fiel de


su pueblo). Quentin trata el tema de Sharon Tate, pero no el de Leonard Peltier, por poner un ejemplo. Estados Unidos defiende la dignidad humana en Kosovo, pero no en Ruanda. Tarantino condena la persecución de los judíos en Europa, pero no la de los Rohinyas en Myanmar. Estados Unidos no transige con la proliferación nuclear, así que sanciona a Irán, pero permite que Israel tenga un programa atómico saludable. Quentin critica la sociedad esclavista sureña, pero esa película que filmó sobre la policía de la virtud y el trato a las mujeres en Arabia Saudita, esa película...¿qué pasó con esa película? No se filmó, ni se escribió el guion siquiera. Eso pasó.

Es que hay temas y temas, me dirán; sobre todo para el público norteamericano, que quiere que lo entretengan y a la vez tiene la capacidad de atención de un colibrí cocainómano. Pero, ¿no hay algo inhumano en eso de escoger? Porque cualquiera que ve las películas recientes de este director (o una de las tantas bazofias de superhéroes que se hacen ahora) concluye que el cineasta está del lado de la verdad, y de que es TODA la verdad. Sobre todo en un país de analfabetos como Estados Unidos. Son películas hechas con ese objetivo; no son para sembrar dudas, sino para establecer certezas. Y entonces eso nos remite, o mejor dicho, NO nos remite al negativo que deja ese fulgurante positivo. ¿Qué pasa con ese vastísimo contenido que no se aborda, que se omite? Esa simple omisión le da una masa diferente a lo no contado. En cierto sentido se le priva de existencia. ¿Es acaso que en ese ámbito que queda fuera de las candilejas, la infamia, la indignidad, el dolor y la muerte no alcanzan la misma magnitud en el registro? ¿Hay acaso dos sistemas métricos para el sufrimiento? Uno para el que ocurre en las pantallas, ante ojos anglosajones y, otro, para el que también ocurre, pero que nadie filma?

Es cierto que se tiene que tratar el tema del racismo, pero no solo el que se da contra los afroamericanos, bien situados en la sede de la historia: los Estados Unidos. Ese tema se ha empacado en una versión light que ahora todos consumen. Contra los indios americanos se dio un genocidio dilatado. Y sin embargo, exceptuando alegorías herméticas como las de “El resplandor”, o intentos fallidos de conciliación como “Danza con lobos”, son raras las referencias honestas en Hollywood a ese segmento de la población, a las cosas que ha sufrido y que sigue sufriendo. (Según el Buró de Censo de EUA, la taza de pobreza entre nativos americanos es la más alta de todo el país). A nadie le interesa. Entonces, basta ya de lamer y relamer los temas que ya se sabe que sí producen interés y réditos económicos, y de hacerlo con la condescendencia del genio. En ese sentido, las figuras públicas y, especialmente, los cineastas mesiánicos como Tarantino, tienen una responsabilidad. En la era de los medios, más que nunca antes, lo que se omite se devalúa, se deshumaniza. Pues la mediatización es uno de los pocos, quizá el único criterio de valor hoy en día. No sugiero que Quentin y los suyos vayan por todo el mundo haciendo un frenético Cinema vérité. Pero por lo menos que no filme lo que filma, y cómo lo filma; o sea, como si fuera Moisés trayendo las tablas de la ley de la montaña.

De paso, quisiera que la contraparte del geniecillo, los Estados Unidos de América, se dejaran de joder con su retórica de pueblo elegido, con su gran mito de la noble Pax Americana. En el fondo son insectos pequeños como todos los demás, como todos nosotros. Solo que ellos son un imperio porque han sabido aplicar con más eficacia y más eficiencia sus sistemas de violencia. No hay una onza de justicia en nada de esto.


Porque resulta que la justicia es una cosa muy extraña. Si se va a hacer, hay que hacerla a lo largo y a lo ancho. Uniformemente, sin huecos o faltantes. Si se dosifica deja de ser justicia, y pasa a ser política, pragmatismo, saña. Es como las leyes del universo, que si dejan de aplicarse según la jurisdicción, el ánimo o la conveniencia, dejan de ser leyes.

Una superficie equis bajo una temperatura constante absorbe fotones en el mismo grado en que los emite; el tiempo se mueve en una sola dirección; las mujeres están todas locas. Si alguno de estos axiomas deja de ser cierto por la razón que sea, deja, automáticamente, de ser un axioma. La Teoría Unificada de Campos ha estado luchando desde los tiempos de Einstein para reconciliar los principios de la Gravitación Universal con los de la Mecánica Cuántica hasta el día de hoy.


Grabado Flammarion, 1888.


Es que algunas cosas necesitan de nada menos que de coherencia absoluta para poder funcionar. Quentin Tarantino (o Estados Unidos, ya a estas alturas qué más da) debería saber que con la justicia pasa lo mismo; es y debe ser, a pesar de lo que nos quieran inculcar con ruido y furia, un campo unificado.


De verdad que la canción no era mala, pero tampoco nada del otro mundo. La estoy tarareando de nuevo.





Diciembre 2020.




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