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Año cero, después de Christo

Updated: Mar 20

Por estos días murió Christo, el artista búlgaro (no confundir con el otro menos famoso, el de Nazareth). Me crucé con la noticia demasiado tarde y por causalidad, aunque no por falta de cobertura mediática. La prensa lo trató como un acontecimiento cultural, como si, de alguna forma, se hubiera extinguido el último de los profetas de la belleza.

Al momento no me dio ni frío ni calor saber del finado; no era para tanto. Nunca consideré a este "ingeniero de acciones estéticas" como un artista honesto... o competente siquiera. Pero después, la noticia sedimentó con la sangre y la bilis alborotadas durante la semana, con recuerdos amargos de otros como él que he conocido en persona, y con quién sabe cuántas otras cosas demasiado fugaces o demasiado dolorosas para poder atrapar con la razón, y llegué a la conclusión de que puede que no se haya tratado de la muerte de un profeta, pero quizás sí del estertor final de un arquetipo, un arquetipo atroz. O por lo menos yo espero que sea así.



El Reichstag envuelto en polipropileno, 1995. Proyecto de Christo y Jeanne-Claude


Nacido en Grabovo, en la Bulgaria de entreguerras, dedicó la mayor parte de su carrera a hacer instalaciones más grandes que la vida misma, junto con su mujer, Jeanne-Claude; de hecho, eran una mente de colmena, un solo organismo. En realidad, la autoría de las obras era de ambos. Tal era su compenetración que tomaban precauciones como nunca volar en el mismo avión. Después de todo, la tarea de embellecer el mundo era demasiado importante para que un accidente aéreo privara a la humanidad de los frutos de su labor.

Lo triste de alguien como Christo (el búlgaro, no el hijo de Dios) no está en lo reaccionario de la obra que hacía, siempre en el primer mundo o en lugares inaccesibles del primer mundo, con una logística dispendiosa, con el permiso y, por lo tanto, la validación de las autoridades, etc. No es el hecho de que un arte así no pueda ser del todo libre o sincero, que su público sea elitista, que en su operación establezca una alianza tácita con las estructuras de poder. Imagino que todas esas cosas pueden tolerarse en cierta medida. Lo que sí es lamentable es que Christo no haya encontrado belleza en el mundo.

Hablaba antes de arquetipos. En este caso se trata de uno de los arquetipos del artista moderno. Uno un poco más pobre, aunque no en términos materiales, y siempre hostil a la belleza.

Hace años di con un texto de Jurguen Habermas titulado Modernidad vs postmodernidad, donde el alemán hace una reconstrucción forense del origen del fenómeno del que Christo (el búlgaro, no el Alfa y el Omega) es el exponente más célebre. Habermas sostiene que todo empezó con la subversión dadaísta y con su ansia de hacer un mundo más bello (ansia que compartían con los nazis, dicho sea de paso). Esa actitud, según Jurguen, poco a poco se fue osificando en el campo de las bellas artes, y ha resultado en nuestra dosis diaria de árboles pintados de azul, edificios envueltos en papel y prendas tejidas para que vistan las piedras de un río.

El problema en este asunto es que hay un desdén inherente hacia la belleza natural. Ese tipo de artista está seguro de que está en un mundo incapaz de producir lo bello y, por lo tanto, es su deber llenar el vacío. Tampoco cree que la vida sea lo suficientemente pintoresca, surreal, asombrosa, así que le compete a él ser el vehículo exclusivo de la maravilla. Por supuesto, se equivoca. Y hace de su equivocación un método. Por un lado veo paralelos entre el shaman, el médico brujo, el medium y, también el sacerdote (¿por qué no?), con el artista moderno. En el sentido en que todos se consideran vehículos de algo valioso. Excepto que los primeros se molestaban en inferir una metafísica y actuaban en consecuencia. El segundo no se molesta realmente en nada, no se somete a un proceso (de inferencia, interpretación, representación o de lo que sea). Él es, punto. En su persona ya se ha dado la culminación del hecho artístico; el resto es secundario.

También es una actitud política. Los de Dadá, y también los surrealistas, confundieron en su fuero interno el hacer un mundo más bello con el hacer un mundo más justo (quizá su verdadero objetivo). Lo que ocurrió después es historia. Se constató el fracaso del socialismo soviético, ganó el libre mercado (lo cual es decir que ganaron nuestros respectivos egoísmos), se instauró la democracia planetaria y llegamos a un punto en el que es tal la apatía o la impotencia, que la única manera de buscar ese mundo más justo, ha sido tratando de adornar el que tenemos con happenings, intervenciones, Land Art. ¿Es la postmodernidad, según la ve Habermas, una especie de sublimación de un fracaso histórico? ¿Fue Christo, en su rol de actor cultural, un moderador de esa desesperanza? ¿Fue casualidad que sus años formativos transcurrieran durante la dictadura búlgara del proletariado?

Si lo postmoderno y, en particular, el arte de nuestra época son una función de la derrota histórica de las izquierdas, por alguna jugarreta del destino se han convertido en una expresión en nosotros mismos, de lo más reaccionario, lo más clasista, lo más excluyente. Para disfrutar en realidad de la obra Surrounded Islands del búlgaro, había que sobrevolarla. O mejor dicho, viajar a, o tener los medios para vivir en la exclusiva Miami, y después sobrevolarla. Qué diferencia con ese "arte para todos" por el que luchaban los muralistas mexicanos, ¿no?

El desdén hacia lo natural también se extiende a la belleza cultural; o sea, a aquello que hacen los seres humanos con la materialidad de la naturaleza para poder afrontar la muerte.

Christo y su esposa adoraban envolver edificios hechos por los demás. Escuché el mantra de que es una modalidad de belleza que usa el encubrimiento; que un hecho artístico puede modificar a otro, etc. Pero un moralista de la estética diría que eso debería ocurrir más que nada en el plano simbólico, y de todas formas nada es tan simple. ¿No había acaso un afán secreto de apropiación por parte del dúo Jeanne Claude, Christo?, ¿es eso sano o correcto? Además, parece que la torre Eiffel no daba la talla; era necesario envolverla en algún material plástico, mientras más costoso mejor, para que por fin hubiera algo único, deslumbrante y bello que ver en la desembocadura de Les Champs-Élysées.

Ese proyecto existe, se va a realizar. Y cuando así sea, el milagro se habrá dado por medio de y gracias a Christo (el búlgaro, no el que caminó sobre el mar de Galilea); aunque sea de manera póstuma, se dará. El revolucionario no habrá podido cambiar las feroces relaciones de producción en este mundo feroz, pero por lo menos París será, por unos días, un lugar especial.

Recuerdo el tiempo en que los caudillos y los iluminados luchaban por la justicia a punta de sables y balas, dejando una estela de muertos a su paso. Casi siento nostalgia.

Casi.




Diciembre 2020.

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